25.8.09

Aquí no se rinde nadie.

Creí que no morirías.
(He pensado de qué manera decir esto y no se puede de otra)
Siempre pensé que no morirías. Yo tenía para mí que habías comprado una parcela en este infierno. Creí que tendrías una suscripción para siempre a este tiempo compartido donde se nos maltrata por turnos.
Yo pensé que no morirías.
Que más tarde o más temprano volverías a alzar la cabeza orgullosa y sonreirías a tu manera, medio sobradora o medio vergonzosa según el caso.
Que volverías a planificar y a organizar nuestra vida en alguna otra oportunidad, cuidándonos del lobo que ahora está.
Que volverías a recibir en el bar que hubieras elegido y que todos llamaríamos la oficina, que otra vez nos encontraríamos a contar y contar sin verle el final a la cosa, y quizás, esta vez no permitiríamos que otro hijoputa se aprovechara. Y si tenías que morir, no creí que fuera así. Ahora sólo te queda descansar, qué más remedio, en esa paz que te propinaron a traición.
Yo, sin embargo, voy a poner en práctica lo que me enseñaste y no voy a pensar que estás muerto. Voy a empeñarme y aprenderé que estás lejos, planificando otras vidas, cuidándolas de otro lobo, colaborando con otros que lo merezcan. Algún día morirás en buena lid y alguien vendrá y me lo contará con esta misma sonrisa a media lágrima, con este mismo orgullo, y yo sabré con certeza que caíste donde quisiste caer.

21 de agosto de 2009

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